TEXTO DE MARCO ANTONIO HERNÁNDEZ NIETO PARA LA EXPOSICIÓN TODOS LOS DEMÁS, REALIZADA EN EL CENTRO DE LITERATURA APLICADA FUNCIÓN LENGUAJE DE MADRID EN MAYO DE 2013.

 

«Deshacer la estructura» y la tarea ontológico-política del siglo XXI

 

     ¿Cuál es el momento en el que «todos los demás» han dejado de ser «todos nosotros»? ¿Y qué significa «nosotros»? ¿Dónde van a parar el «yo», mi circunstancia, y también la tuya, cuando mentamos a la «sociedad civil» o a «la comunidad»? Pero, ¿es que acaso tiene hoy significado esa última palabra, «comunidad»? Y bien, ¿qué es lo que hay o lo que puede haber en esos “huecos” intermedios, entre el «yo» y el «tú», entre el «yo/tú» y el «nosotros», entre el «nosotros» y «los demás», y así sucesivamente? La Química contemporánea pone el dedo en la yaga (sin quererlo) cuando se lanza a la extenuante búsqueda de las partículas.

 

Vivimos y nos tratamos en el medio ambiente de un modelo atómico, y no en un modelo molecular. O mejor dicho:  la molécula social siempre presupone la aritmética de partículas, esto es: el falso (o al menos difuminado) enlace entre individuos. Y en definitiva: el hiato.

 

¿Cómo puede un ser vivo, en el hiato, vivir plenamente? Pero, entonces, el círculo se vuelve corrupto: la ruina de la molécula es indistinguible de la ruina del átomo. El «yo» no ha salvado su «circunstancia», su comunidad ―aquella que, continuaba Ortega y Gasset, si no la salvamos, no se salva nuestro «yo», nuestro átomo, el individuo―. Al tratarse de un círculo vicioso, la desolación no empieza ni en el individuo ni en la sociedad, sino en el enlace, en el intersticio, en la ventana abierta (en este caso, cerrada), en el intercambio ―¿en la moneda, tal vez?―, en el ¿hiato?

 

Dicho hiato, que en efecto cabría ser cuestionado (al menos “de derecho”, cuando no sea ―no es― posible “de hecho”), plantea graves cuestiones abiertas desde el momento en que, ya al final de la Ilustración, progresivamente, se iban haciendo patentes las insuficiencias de una  construcción de la ciudadanía radicada en coordenadas liberales (en materia ético-política), cientificistas hasta el reduccionismo (en materia cognitiva) e ingenuas (en materia metafísica). Construcción que además se abrió paso con rapidez y confianza, dejando muchas preguntas sin abordar con profundidad, así como tampoco atendía a los múltiples deterioros de la vida y la praxis en el planeta.

 

Con su trabajo  Deshacer la estructura, José Delgado Periñán nos brinda una ocasión magnífica para repensar (y cuestionar) ese hiato, y esos profundos problemas que tienen que ver con la construcción de la ciudadanía, de los que se están haciendo cargo algunos de los movimientos de arte y pensamiento más importantes de la actualidad, como el postestructuralismo y la hermenéutica. Uno de los méritos de Delgado Periñán es tener la valentía y la profundidad de una mirada que nos propone la que quizás es la gran tarea del siglo XXI: deshacer definitivamente una estructura social heredera de un contractualismo a la sazón tan heroico como artificial a la postre, además de rudo e incluso inmune al cinismo y la violencia.

 

Al prestar atención a la molécula civil, y al instalarnos en ese hiato de la Modernidad, comprendemos que hoy no sabemos amarnos, y lo peor de todo: no sabemos si seremos capaces de ello. Nos es tan sencillo constituir estructuras como imposible nos resulta actuar juntos, en comunidad, así como también inasequible es para el individuo soportarse a sí mismo: se ha quedado demasiado vacío y hueco, difuminado, perteneciente a un rígido entramado de impersonalidad colectiva muy rentable y moldeable para la geometría y los ritmos de la Bolsa, un entramado que es molécula sin tacto. Deshacer la estructura permite fijarnos en los hiatos, y en la miseria de que se hayan institucionalizado y convertido en la ley de la química del enlace político. Por ello mismo, a la inversa, la experiencia estética de Delgado Periñán también nos presenta lo que en las últimas décadas se ha venido denominando «olvido del ser» (M. Heidegger), o del lenguaje (H.-G. Gadamer), o del «cuidado de sí» y de «los otros» (M. Foucault, J. Derrida), o del tiempo excelente de lo vivo y compartido en el «eterno retorno» de la creación y las diferencias (Fr. Nietzsche, G. Deleuze, G. Vattimo). Es decir: el olvido de que no hay hiato, sino acontecimientos diferentes de “aquello” único que tiene lugar cuando nos aproximamos y encontramos: la puesta en escena de la (re)interpretación de lo vivo y sus diferentes brotes. El amor, el tiempo de esperanzas y el juego de lo posible.

 

Ahora bien, ¿cómo (re)construir el enlace, después de esta necesaria pérdida de la estructura? ¿Cómo se modulan y deben modular los límites entre el «yo» y el «tú»? ¿Qué significa y qué  puede ser el «nosotros»? ¿Qué conllevan y qué pueden conllevar las apariciones y desapariciones de estructuras sociales? ¿Cuál es y cuál puede ser la ontología de la acción social? ¿Qué es y qué puede ser el paso de la physis al nomos? Hay que deshacer la estructura (deshacer lo que por sí (se) deshace y nos separa), olvidar los dualismos, recordar el abrazo y desarrollar una extraordinaria y renovada capacidad de escucha ontológico-política. Sin saber aún bien cómo lograrlo, queremos pensar que en las ventanas y estomas de la (re)interpretación de los diferentes acontece, tal vez, el encuentro, que quizá ya estaba ahí. Como el rocío.

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